28.05.2016 031 - copiaCada año, desde 1997, el día 2 de febrero coincide con la celebración de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Este año tiene como lema: “La Vida Consagrada, encuentro con el Amor de Dios”.

Para esta ocasión los Obispos de nuestro país han escrito un mensaje que merece la pena tener presente y que transcribimos aquí:

“En la exhortación apostólica Evangelii gaudium con la que el papa Francisco nos invita a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría, una de las claves más significativas y reiteradas es la necesidad de crear una «cultura del encuentro». Y señala cuál es la esencia de esta cultura, cuando explícitamente invita «a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos» (EG, n. 3). Así es, la vida de Cristo durante sus tres años de predicación, según nos relatan los evangelios, es una historia de encuentros. No pasa por las situaciones ignorándolas, ni junto a las personas relegándolas o diluyéndolas en la masa; cada uno es para él alguien único, irrepetible, profundamente amado como hijo del mismo Padre. Y con las imágenes de la vida cotidiana nos muestra que, si grande es la alegría de quien habiendo perdido una oveja, o una moneda, las encuentra, mayor aún es la de nuestro Padre celestial cuando se reencuentra con el hijo que estaba perdido. El encuentro con Cristo es encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva –describe magistralmente EG, nn. 264-267– y cada vez que se repite esta experiencia crece la convicción de que es lo que los demás necesitan. Por ello, el lema de esta Jornada que celebramos es nueva ocasión de entrar en lo íntimo de uno mismo, para ver qué es lo esencial, lo más importante para nosotros, y qué nos está distrayendo del amor y por tanto nos impide ser felices. El amor de Dios es fiel siempre, no desilusiona, no defrauda. Pero la tentación de la auto-referencialidad egoísta nos ronda y pretende engañarnos para hacernos tambalear cuando Cristo, mirándonos a los ojos y amándonos, nos pide que le sigamos, compartiendo con los demás lo que tenemos y lo que somos; esa fue la propuesta que el joven rico no supo acoger, pero que sí escucharon e hicieron suya los apóstoles, la samaritana, quienes le siguieron por los caminos llevando la buena noticia del amor de Dios y quienes le siguen hoy con el testimonio de una vida de especial consagración. También ahora nuestros contemporáneos, personas de buena voluntad, están sedientos de encontrar el verdadero sentido de la existencia. También hoy Cristo nos sale al encuentro, por nuestros particulares caminos de Damasco para –como nuevos Saulos– hacernos caer de nuestras falsas seguridades, de nuestros prejuicios y pecados, para darnos la mirada transfigurada que nos cambia la vida. El papa Benedicto XVI nos recordaba algo esencial: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, n. 1). Todos estamos invitados a trabajar por «la cultura del encuentro», que inicia con la acogida del amor de Dios que devuelve el sentido a la propia realidad y nos impulsa a narrar a otros las maravillas de este amor, nos lanza a la evangelización con la palabra y las obras que fluyen de una existencia transfigurada. La cultura del encuentro nos dispone no sólo a dar, sino también a recibir de los otros, a compartir, convivir, ayudarnos como una sola familia humana, como hermanos, en las grandes necesidades y en las pequeñas cosas cotidianas. Los consagrados son testimonio vivo de que el encuentro con Dios es posible en todo lugar y época, de que su amor llega a todo rincón de la tierra y del corazón humano, a las periferias geográficas y existenciales. La vida consagrada es la respuesta del encuentro personal con Dios, que se hace envío y anuncio. Esta Jornada debe ser una ocasión para promover el conocimiento y la estima de la vida consagrada como forma de vida que asume y encarna el encuentro con el amor de Dios y con los hermanos, manifestado en la entrega profética desde cada carisma fundacional. En esta Jornada Mundial de la Vida Consagrada damos gracias a Dios por todas las personas de especial consagración, que desde las diversas vocaciones y formas de vida y servicio son presencia elocuente del amor de Dios en el mundo. Invitamos encarecidamente a todos los fieles cristianos a dar gracias a la Trinidad por el don de la vida consagrada, que siempre es «iniciativa del amor del Padre». Como nos recordaba el papa Juan Pablo II, los consejos evangélicos son ante todo «un don de la Santísima Trinidad». La vida consagrada es anuncio de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza. Las personas de especial consagración testimonian de palabra y con obras las maravillas de Dios con el lenguaje de una existencia transfigurada. La vida consagrada se convierte así en una de las huellas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo de la belleza divina (cf. Vita consecrata, n. 20). Y a todas las personas consagradas de nuestras diócesis les animamos a re-descubrir la grandeza del don recibido, expresado en esta Jornada como «encuentro con el amor de Dios», para vivir coherentemente su misión en la Iglesia y en el mundo, propiciando el encuentro con el amor de Dios uno y trino.”

Fdo. COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA VIDA CONSAGRADA

2 Febrero 2018

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