13 Oct El Gran Poder con los Ancianos

Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, la escultura de Juan de Mena, cumple 401 años. Celebrado con un año de retraso debido a la pandemia, el Gran Poder, el Señor de Sevilla, sale en misión al barrio de los Pajaritos, estuvo fuera de su basílica del sábado 16 de octubre hasta el día 6 de noviembre que volverá a ella, el verdadero “Misionero de la alegría”. La Hermandad ha tomado nota del consejo del papa Francisco que hay que salir a la calle, y lo están haciendo, ¡claro que sí!

El 16 de Octubre visitó la casa de las Hermanitas de los Pobres, y fue una gran alegría para todos. Dejamos la palabra a quienes lo vivieron en propia carne:

«En este gran día, la casa está en revuelo, los horarios se cambian para que todos estemos en el jardín a tiempo, hasta nuestro residente Manuel Martínez, en cama desde hace años, permite que lo sentemos en un sillón en la terraza, y está contento porque hemos inmortalizado ese momento con una fotografía.

Hace calor y en el porche, donde deben estar situados los ancianos da el sol, pero se protegen con pamelas y sombreros. Desde bien temprano empieza a llenarse la calle de gente. Las personas empiezan a pedir para entrar en nuestro jardín, han venido algunos familiares de residentes, de empleados, de hermanitas, algunos voluntarios, y hasta la prensa y la televisión.

Y llega la hora, el Señor de Sevilla se acerca y el silencio reina en la calle, ¡qué bonito! Se para a la altura de la Parroquia de San Benito para saludar a la Hermandad del Cristo de la Sangre, y vuelve a girarse para venir hacia nuestra casa, vuelve a girar y entra triunfalmente en nuestro jardín, donde todos, emocionados, lo esperamos.

¡Qué emoción! Tenerlo tan cerca, poderle mirar a la cara y dejarse mirar por Él. Residentes llorando, empleados rezando, familias acompañando, hermanitas suplicando y adorando. Cuando lo bajan justo delante de los ancianos, un aplauso, cosa que no es normal, pero según dicen los locutores de la televisión, a los ancianos se les permite todo.

La oración dirigida por D. José Marín, nuestro querido capellán, nos emociona. Después de un momento de silencio viene una saeta, compuesta para la ocasión: «despacito y en silencio…», ¡qué bonita y qué bien cantá!

Pero el Señor de Sevilla no ha venido a quedarse, ha venido, como siempre, a darse. Él quiere seguir dándose, continuar su camino y su misión.»

Testimonio de un residente que participó en el cortejo del traslado misional del Gran Poder

«El Señor está sobre las andas, en el presbiterio. Me acerco a Él y su mirada se clava en la mía. Allí, ante Él, sintiendo todo el amor de esa mirada, le digo: «Señor, he venido a tu casa para recogerte y pasear contigo por las calles de Sevilla. Al final de nuestro paseo tú entrarás también en mi casa para dejarme en ella», y en eso quedamos.

A las 9 se abren las puertas de la Basílica y se inicia el recorrido. Yo camino con mi cirio tras las andas, pegadito al talón del Señor, pues de la Junta de Gobierno han venido a informarme que me han concedido ese honor al ser el hermano con más antigüedad que hoy acompaña al señor, ¡81 años de hermano!

Sevilla se ha echado a la calle. Las personas llenan todos los espacios. Es el Gran Poder que pasa.

Veo a una niña de unos 6 años que une sus manos, entrelaza los dedos, inclina su cabecita, cierra sus ojos, se concentra y recita un Padrenuestro sin que nadie se lo diga.

Veo jóvenes de todas las clases y tribus urbanas que sólo tienen ojos para Él.

Veo matrimonios que alzan a sus hijos y le señalan su imagen diciéndoles: «Es el Señor» e inculcándoles la fe en Él.

Veo personas tullidas y enfermas que suspiran y confían en el que pasa.

Veo mayores que callan, lloran y musitan oraciones y peticiones.

Veo amor, entrega, esperanza, adoración, necesidad de Dios en todas las miles de caras que se vuelven hacia Él. Pasa el Gran Poder.

Y yo, tras Él, sabiendo que vamos camino de Mi casa para que Él continúe después hacia 3 barrios. Le digo como el centurión: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; di una sola palabra y tu Gran Poder lo arreglará todo». Arreglará la salud de mi mujer. Arreglará la pandemia que nos asola. Arreglará los desastres naturales. Arreglará los fanatismos, las guerras y los odios. Arreglará las hambres y pobreza. Arreglará este mundo de locos y de egoísmos que hemos hecho los humanos. Porque sé que en su mano está el Poder y el mundo, como dice el lema de nuestra hermandad.

Llevamos 5 horas y media de caminar el Señor y yo tras Él por Sevilla. El calor y el sol del mediodía agotan. Pero estamos ya en Luis Montoto, a la altura del número 43. El Señor gira y enfoca la entrada de una verja. En el murete, junto a la puerta, dos azulejos dicen: «Casa de ancianos» y «Hermanitas de los Pobres», es Mi casa, aquí vivo yo, ¡hemos llegado!

Y el Señor entra en la casa de las Hermanitas donde le están esperando todos: la comunidad de hermanitas, residentes, empleados, familiares. Avanza por en medio del amplio jardín hasta la puerta principal del edificio. Las miradas, lágrimas y oraciones de todos los que formamos la casa lo reciben. Unas palabras de D. José, el capellán, y una magistral saeta cantada por Carmen, una empleada, lo envuelven. Aquí está Él con nosotros los mayores. Ha venido a vernos y a estar un ratito con sus ancianos.

Pero tiene que marcharse, tiene que seguir camino de esos 3 barrios marginales donde le esperan los pobres, sus preferidos, para cumplir la misión para la que ha salido. Su imagen se aleja pero nos queda la constancia y seguridad de que permanece continuamente entre nosotros.

Yo me quedo en Mi casa con la certeza de que Él nunca nos abandona, la confianza en su Amor y en su Poder, la seguridad de su presencia y compañía, el recuerdo de este día inolvidable y la sensación de que he vivido algo irrepetible: que el Señor ha venido a pasar un rato conmigo en mi casa, que yo previamente lo he acompañado desde la suya y que Él ha hecho el milagro de convertir un sueño y una esperanza en realidad.

Vicente Palacios Sáenz

Oración presidida y preparada por nuestro capellán D. José Marín

Amadísimo Jesús, nuestro Padre y Hermano. Esta gran familia de las Hermanitas de los Pobres, siente un profundo agradecimiento a la Hermandad, que nos da la oportunidad de venerarte y adorarte en tu imagen, en la que muestras tu debilidad humana y tu Gran Poder divino. Te expresamos nuestro amor y nuestra confianza al revivir ese momento de tu Pasión con la cruz a cuestas camino de entregar tu vida para nuestra salvación. Tenemos que aprender de ti, porque eres nuestro Maestro y nos enseñas a vivir en el servicio a los hermanos. ”Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo vuestro Maestro os he lavado los pies es para que vosotros hagáis lo mismo». Qué buena lección nos diste, Señor Jesús, y qué bien la aprendió y practicó Santa Juana Jugan, la fundadora de las Hermanitas de los Pobres, y lo siguen practicando sus hijas.

Tu Cruz es pesada, porque en ella llevas nuestros pecados y todas nuestras cruces. Ser cristiano es seguirte. «Si alguno quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Porque Tú eres el camino que nos lleva al Padre. Ayúdanos, Señor, a llevar nuestras cruces: la cruz de las enfermedades, las nuestras y las de los familiares y amigos, las de los desconocidos, la de las limitaciones de la ancianidad, la cruz de nuestras carencias, la cruz de nuestras preocupaciones. Pero en la Cruz está la vida y el consuelo, ella sola es el camino para el cielo. Tu Cruz adoramos, Señor y tu santa Resurrección alabamos y glorificamos.

Bendice a tu pueblo, Señor, y lleva el consuelo a tantos, que en las presentes circunstancias están sufriendo por falta de salud o por la pobreza de medios económicos. Fortalece nuestra debilidad. Perdona nuestras culpas y pecados. Condúcenos por el camino del bien. Que por encima de todo cumplamos tu voluntad. Cura nuestras flaquezas, olvidos, nuestras dudas e indiferencias ante tanto amor como el que nos muestras bajo la Cruz. No apartes de nosotros tu mirada, y déjanos sentir tu mano bondadosa. Que tu debilidad sea nuestra fortaleza.

Con María, tu Madre y Madre nuestra, queremos acompañarte en el camino del Calvario de nuestras vidas y permanecer como ella junto a tu Cruz, manteniendo firme nuestra fe y siendo testigos de tu amor, en especial a los más necesitados.

¡Bendícenos a todos y envía tu gracia a muchas jóvenes para que consagren y entreguen su vida al servicio de los mayores en la Congregación de las Hermanitas de los Pobres! que así sea.